Prefiero el sexo porque es la única llave que conoce la combinación exacta de mi búnker.
Afuera, el mundo es un desfile de máscaras y armaduras; pero allí, frente a ella, el pudor es una prenda que estorba y la piel es el único documento de identidad que reconozco.
Es una danza cósmica, larga, sin relojes que nos vigilen.
Me gusta sentir que surfeo en el océano de la verdad, impulsado por el viento de una respiración que ya no es mía, sino nuestra.
En ese límite, en esa orilla exacta donde el cuerpo amenaza con estallar, el ruido del mundo se apaga.

Bendito sea ese silencio mental.
Por fin, el pensamiento se detiene, se rinde, se queda en paz.
No hay juicios, no hay pasado, no hay mañana.
Solo hay un presente que se saborea, que se huele, que se bebe.
Allí, en la libertad absoluta de decir «burradas» o «cochinadas» si la sangre lo pide, es donde encuentro al más autentico de los poetas.
Disfruto de su cuerpo como quien recorre una geografía sagrada.
Conozco los matices de su olor, esa esencia que me devuelve a mi centro.
Me pierdo en sus sabores hasta que la frontera entre su placer y el mío se borra; saber que soy yo quien le regala ese vuelo me hace ser mejor persona.
Estiramos el tiempo, estiramos el goce, empujamos el límite un poco más allá, venciendo cada sombra de vergüenza hasta que dejamos de ser dos para ser un solo líquido, una sola mirada, un solo latido.
Y entonces, solo entonces, nos permitimos el lujo de morir y como dice el Poeta Girondo: «nos desbarrancamos en esa montaña rusa de espasmos interminables» que nos devuelve al mundo vacíos, limpios y, por fin, verdaderos.


